En estos días que llevo aquí, deliberadamente me abstuve de comentar mis impresiones sobre Sarajevo. La razón es muy simple: son muchas, son complejas, son fuertes. Existen lugares tan cargados de connotaciones simbólicas, tejidas a lo largo de los siglos, cuando no milenios, que visitarlos no deja de afectarnos a niveles profundos, niveles que no siempre se prestan con facilidad a la expresión verbal, oral o escrita, y un comentario que ignorara ese impacto sería un comentario superficial, y como tal, innecesario y ajeno. En fin, no me sorprende enterarme que Sarajevo, entre sus varios apodos, lleva el de "la Jerusalem de Europa". Mis impresiones en mucho coinciden con las que oí de quienes visitaron Jerusalem. Es, en mi caso, una mezcla de reverencia por un pasado que me habla en presente a través de cosas grandes (la arquitectura, el paisaje) y pequeñas - la disposición de las mesas en los cafés, la obvias huellas del turco en la onomástica, el vestuario y el vocabulario, etc., de una alegría sabrosamente balcánica, meridional, que contagia su hermosa gente, y una piedad sin fin por una comunidad que fue el yunque en que golpeara el martillo del sinsentido fraticida - culto nihilista del que, increiblemente, muchos son aun adeptos. También me retuvo el hecho, para mí penoso y empobrecedor, de que nuestro lenguaje y costumbres literarias propenden a una imaginería eminentemente visual. Y aunque sin duda el viejo Sarajevo es una ciudad visualmente hermosa, y espero, aquí entre nos, que las fotos nocturnas que saqué hayan salido bien, lo más deliciosamente encantador que sentí tienen más que ver con sutiles sombras o matices, y no siempre visuales. Subir a la plataforma que sobrevive a la antigua Fortaleza, claro está, me dio una impresionante vista de la ciudad... ¿pero cómo describir la ráfaga perfumada de azahar que me envolvió en el momento mismo que me sentaba a mirarla? ¿cómo, exactamente, describir la luz verdosa y vespertina que llegaba a mi mesa a través del arbol junto al cual cené ayer, plantado en el medio mismo de un patio interior que funciona como restaurant (cuyas sillas son cómodos sillones de mimbre con almohadones) y tienda de pashminas? Incurrir en el exotismo, o peor aun, el exoticismo, es fácil y es estúpido. La verdad es que todos esos fenómenos - naturales, sociales, humanos, arquitectónicos - coexisten en Sarajevo con la cualidad de lo auténticamente presente, de lo que es auténtico aquí y ahora. Y ésa es una cualidad muy difícil de comunicar, cuando la profusión de epítetos extiende, en vez de acortar, la distancia entre el lector y el hecho. En fin, solo puedo decir que deseo para Sarajevo y sus habitantes el mejor, mas bellamente sarajevano de los futuros, y que espero, y deseo, tener un rol, siquiera menor, en ese porvenir. De alguna manera, Sarajevo se instaló en mi corazón, y parece que para quedarse. CommentsLeave a Reply | Alejandro DragoAbout music, about life... ArchivesJanuary 2012 CategoriesAll |
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